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General e Ingeniero Miguel Bernard Perales (1872-1939)

 

Oleo, Ing. Miguel BernardEl ingeniero Miguel Bernard es de los hombres que a través de su paso por el mundo, ha dejado una bien marcada huella benéficas de su espíritu creador. De acuerdo con la clasificación de Nietzsche, puede afirmarse que fue un espíritu masculino de aquellos que lanzan la idea creadora. Y la simiente derramada por este hombre, paradigma de honor, dignidad, trabajo, cultura y amor a la Patria, germinó en obras de gran trascendencia para beneficio del país y produjo y continúa produciendo abundantes y sazonados frutos.

Sus actividades fueron ejemplares tanto como oficial distinguidísimo de la artillería mexicana, primero, y luego como maestro y educador de varias generaciones de ingenieros y obreros técnicos. Su mejor galardón lo constituyen sus benéficas creaciones consistentes en escuelas técnicas, de las cuales fue un apóstol convencido e incansable. Ellas han dado los mejores frutos y continúa la cosecha de las mismas. Primero con la transformación de una modesta Escuela de Artes y Oficios, a través de varias etapas, en la Escuela Superior de Ingenieros Mecánicos y Electricistas, con la creación del Centro Industrial “Rafael Dondé” y con el surgimiento del Instituto Politécnico Nacional.

Su padre don Miguel Bernard, tamaulipeco de ascendencia francesa, y la esposa de éste, doña Rosa Perales, residían en el lejano puerto de Matamoros, Tamaulipas, antaño floreciente y después abandonado por la incuria de las autoridades y por la mutación de las rutas comerciales. Situado en las márgenes del río Bravo, a unos kilómetros de su desembocadura en el Golfo de México, languidecía a ojos vistos, y sus habitantes veían crecer, en la margen opuesta del turbio curso de agua, una población relativamente reciente, pequeña ciudad de Brownsville, perteneciente al estado norteamericano de Texas. Don Miguel y doña Rosa residían en Matamoros. Por una de las circunstancias muy frecuentes en las ciudades fronterizas, y ya que ahí no había atención médica, se trasladaron a Brownsville, en donde, el 16 de septiembre de 1872, vio la luz primera un niño – Miguel Bernard – hijos de padres mexicanos y que habría de ser mexicano, hasta la médula, todos los días y todos los momentos de su benéfica vida.

A los tres años de edad tuvo la desdicha de perder a su padre. Y comenzó la vida del niño llena de privaciones, por las polvorosas calles de Matamoros, a través de juegos infantiles en la orilla de turbio río y sus ensoñaciones al contemplar los líquidos filetes de la caudalosa corriente que se deslizaban lentos, por el anchuroso cauce, tratando de adivinar de donde provenían y pensando en su unión con las salobres aguas del Golfo de México. Era el hijo único y también el apoyo único de su madre. Su porvenir radicaba tan solo en el cariño y en los cuidados de la autora de sus días y en el propio esfuerzo que habría de desarrollar, con su carácter y con su talento.

Luego su ingreso a la mal atendida escuela oficial de Matamoros. Enseñanza deficiente a cargo de maestros impreparados. Aulas obscuras, largas bancas de tosca madera, verdaderos hornos en el estío y neveras en el invierno. Comenzó con el clásico silabario de San Miguel. Pro su aplicación, talento y seriedad, bien pronto se destacó entre todos sus condiscípulos. Desde niño tuvo el sentido de la responsabilidad, sin el cual no puede generarse la moralidad. Era el único apoyo de su madre. Era necesario estudiar mucho para ayudarla, para ser hombre útil, para convertirse en su sostén. Alternaba sus labores escolares con la ayuda a la madre en las tareas domésticas.

Cuando apenas contaba once años, terminó su instrucción primaria con notable aprovechamiento, alcanzando siempre los primeros premios. Era necesario proseguir los estudios y sólo tenía a su alcance una modesta escuela secundaria, el Instituto Literario de San Juan, en el que con grandes sacrificios, su abnegada madre sostuvo su educación. Allí continúo destacándose entre todos sus compañeros por su irreprochable conducta, su gran talento y su dedicación al estudio.

General Miguel BernardAllí el joven estudiante de escasos trece años, pudo conocer a brillantes oficiales, de ingenieros, artillería t estado mayor, pertenecientes a una brigada de la Comisión Geográfico – Exploradora, que en aquellos tiempos hacía el levantamiento de la región nordeste de la República. Los contemplaba con sus uniformes de dril, salir de Matamoros a sus trabajos de campo. Los admiraba en las fiestas y recepciones con sus bellos uniformes negros, los de estado mayor y artillería, con sus dormanes dorados y sus tres hileras de botones, sus pantalones con dobles franjas decolores carmesí y sus espadas de relucientes vainas metálicas, suspendidas en el flanco izquierdo, y los del cuerpo de ingenieros con sus levitas de amplias solapas de terciopelo, que les cubrían casi todo el cuerpo.

Aquel niño trabó amistad con ellos. Los acompañaba durante las noches, en sus observaciones del paso de estrellas para la determinación de las coordenadas geográficas de la iglesia parroquial, hechas por un geodesta de renombre, Don Agustín Díaz que había sido alumno del Colegio Militar en la epopeya gloriosa de la defensa de Chapultepec, el 13 de septiembre del año de 1847. Lo seguía a sus oficinas para admirar los trabajos de gabinete encaminados a la formación de la carta geogénica de la República. Se extasiaba al mirar diseñados en el papel los grandes meandros del Río Bravo, en la última parte de su curso. Todo lo veía y lo inquiría todo. Lo jefes y oficiales miraban con simpatía a aquel muchacho larguirucho, que no los dejaba ni a sol ni a sombra.

Preguntó cómo era el Colegio Militar y cuales los requisitos para ingresar en él. Escribió atenta carta al general Juan Villegas, entonces director de dicha escue4la. Poco días después recibió amable contestación, con el envío de un reglamento de la miasma. Experimentó un gran placer y al mismo tiempo una honda desilusión. La edad de admisión era la de dieciséis años, Era precisa una larga espera de tres.

A la muerte del general Villegas, quién le había tomado un gran afecto, recibió en herencia lo más personal y querido, su biblioteca y su caballo. Miguel Bernard le correspondió pagando de su bolsa, su fosa y monumento en el Panteón Civil de Dolores, y los gastos de su entierro.

Ya en la adormilada Matamoros no era posible aprender más y su buena madre carecía de recursos. Algunas personas influyentes le arreglaron una beca en el Seminario Conciliar de Monterrey. La aceptó en un compás de espera. E hizo su primer viaje en línea ferrocarrilera de vía angosta, que remontaba la margen derecha del Río Bravo, llegaba a Reynosa, para proseguir de allí hasta la capital de Nuevo León en vetusta diligencia, a través de pésimos caminos. Al sutil espíritu de observación que poseía en alto grado, no se escapó ninguno de los accidentes de la ruta... Grandes llanuras cubiertas de mezquites y, huizaches, con pequeños cultivos aquí y acullá, pequeñas poblaciones polvorosas y rancherías insignificantes en las que los cultivos de efectuaban con arados egipcios.

Ya para llegar a Monterrey en la incómoda diligencia, avizoró las montañas de la Sierra Madre <occidental y atravesó ríos y arroyos, cuyas aguas iban a perderse en el mar sin ningún provecho para las tierras por ellos surcados. Luego, el arribo a una ciudad en el fondo de una hondonada, rodeada de imponentes montañas, que comenzaban a desperezarse. El ingreso inmediato al Seminario Conciliar, en el que estudió durante los años de 1887 y 1888, latín, filosofía, teología, matemáticas, geografía, historia, español, inglés y francés, dedicado en sus horas de asueto a las más rudas y humildes labores.

Ya había cumplido dieciséis años. Regresó a Matamoros y para ayudar al sostenimiento del hogar materno, ingresó a una imprenta modesta, en el que desempolvaba con un pequeño fuelle los tipos de imprimir, manejaba la guillotina y corregía pruebas. Sus amigos, los oficiales del ejército, admirados por su vivacidad, le facilitaron los medios para trasladarse a la Ciudad de México, con la finalidad de que ingresara al Colegio Militar de Chapultepec.

El camino fue largo y lleno de atractivos. Arribó a Monterrey por los mismos medios que en su viaje anterior. Allí abordó el convoy de la vía troncal, también angosta, que conducía a la capital de la República. Sin despegarse de una de las ventanillas del coche de tercera clase, observó atentamente el enorme ascenso hasta llegar a Saltillo. En la noche durmió bien en los duros asientos. Poco después de amanecer pasó por San Luis Potosí, donde al fin cesaron las etapas del Norte para proseguir a Dolores, Acámbaro y Toluca.

Llegaba a la capital con una corta cantidad de dinero en el bolsillo. En ella no conocía a nadie. Al descender en el jacalón que entonces constituía la estación de Colonia, tomó un coche de bandera amarilla, para dirigirse a una casa de huéspedes cuya baratura se le había indicado. En su tránsito admiró una rúa de gran anchura flanqueada por estatuas de bronce, casi todas en actitudes bélicas. Vio los llamados “Indios Verdes”, al comienzo de la gran avenida. Admiró la estatua de Carlos IV. Pasó por las calles de Plateros, y al fin, quedó modestamente alojado en una humildísima casa de asistencia en la que todos los huéspedes eran estudiantes pobres, casi todos del norte del país.

Es necesario no perder tiempo. Ya los cursos se habían iniciado en el Colegio Militar y él había tenido que retardar el viaje por falta del dinero más indispensable. Apenas instalado, se dirigió a la plaza de la Constitución y allí tomó un tranvía tirado por mulas, que en cuarenta minutos lo condujo al secular y hermoso bosque de Chapultepec. Ascendió por una escalera y al fin se encontró en la puerta principal del Castillo. Experimentó una intensa emoción ante las broncíneas estatuas de lo jóvenes alumno que perecieron el 13 de septiembre de 1847. Pudo entrar con el permiso del cabo cuarto, y en el patio principal se quedó extasiado ante el magnífico panorama: la frondas del circundante magnífico bosque, la sucesión de casas de Tacubaya y de la ciudad de México y los sembradíos color de esmeralda que tenían por fondo el brillante espejo de líos lagos y las montañas del Popocatépetl y del Ixtlaccíhuatl, coronadas de nieves eternas.

Aquel joven de dieciséis años, muy alto, muy esmirriado y con el traje raído, presentó sus documentos y la orden de ser admitido en el Colegio Militar, previos lo exámenes correspondientes, entre ellos el de un reconocimiento médico. Llenados estos requisitos, el 9 de febrero de 1889, el mayor jefe del detalle del Colegio Militar, mediante filiación ante dos testigos, le dio el espaldarazo de caballero de la República.

Se le destinó a la segunda compañía. Fue previsto desde luego del uniforme de diario, de la ropa interior y de calzado. El mismo día se le entregaron los libros de texto y los útiles de dibujo y pudo concurrir a las cátedras vespertinas. Conoció el enorme comedor y también los dormitorios, resplandecientes de limpieza, los últimos con sus camas de bronce. Hubo que sufrir el calvario de todos los novatos. Muy temprano, todos los días, era conducido a los inmediatos llanos de Anzures a recibir la instrucción de recluta, con su fusil Rémington. Vinieron las grandes emociones del primer uniforme de gala y de la primera guardia.

CECyT 2 Miguel BernardSu talento era grande y su preparación inmejorable. Serio, circunspecto, estudioso, se granjeó desde luego la estimación de sus jefes, de sus profesores y de sus compañeros. La cortedad de sus recursos le obligó a limitar sus paseos dominicales al bosque y a la cercana Tacubaya, llamada la novia de Chapultepec, pendiente el joven cadete del toque de “rancho” que lo hacía ascender de las escaleras de la colina de tres en tres peldaños.

Luego, anualmente, la emoción de los exámenes y de las expediciones de práctica, de cada fin de año, en el que el Colegio Militar, junto siempre con el batallón de Ingenieros, de algunas baterías de artillería de campaña y de montaña, de dos regimientos de caballería y de tres batallones de infantería, habría de desarrollar un tema táctico, que implicaba la estancia por varios días en un campamento con tiendas de lona, la construcción de un reducto y también de un puente militar, a la vez que el levantamiento topográfico de las rutas seguidas y del campamento y sus aledaños.

Los alumnos, al igual que los zapadores y los demás infantes, al salir de las poblaciones habrían la filas para dejar pasar por el centro de la columna de camino, a los peatones y carruajes. Con las armas a discreción, llevando las mochilas con una parte de los lienzos y las estacas de las tiendas de campaña, los blancos paños de sol flotaban al viento. Todos alegres y felices, al iniciar las largas jornadas, antes de que sobreviniera la natural fatiga, cantaban en coro la marcha de la escuela, con versos de un alumno, acomodados a una marcha muy en boga, francesa o inglesa “El Cobrero Feliz”. Y aquel coro de más de doscientas voces se escuchaba bellísimo en la soledad de los campos.

Que viva nuestra Escuela
Que es la Escuela Militar.
Que viva, sí, que viva, ¡voto ya!
Que viva nuestra Escuela,
Que es donde se aprende a amar

A las bellas, a las artes
Y a la santa libertad
Cuando escuches, niña
El redoble del tambor
Deja la costura y asómate al balcón,
Para ver, si en las filas,
Al dueño de tu amor
Ves marchando al redoble del tambor

Si la mujer es joven: alto y descansen,
Y si es muy bonita: paso de ataque.
Pero si es muy fea; ¡líbrenos Dios!
Se da media vuelta y paso veloz

Los exámenes eran muy severos y las altas calificaciones escaseaban. Sin embargo, las del joven Bernard fueron muy altas y en la mayoría de los exámenes obtuvo la suprema: tres sobresalientes. En aquella escuela que era una verdadera casa de educación y además un ejemplar de lo que debe ser la mas autentica democracia, el uniforme nivelaba a los alumnos pobres con los que eran hijos de potentados o de altos funcionarios, sin excluir al propio hijo del general Porfirio Díaz. Los ascensos eran muy difíciles y solo los obtenían los alumnos que mostraban gran aprovechamiento y conducta ejemplares, además de carácter y dotes de mando. Un cabo de escuadra era un personaje.

Miguel Bernard, después de tres años de estudios, fue ascendido al grado de alumno de primera. Después encontrándose vacante una plaza de cabo y conviniendo proveerla como rezaban los despachos respectivos con personas de buena conducta y honrado proceder, el mismo Bernard fue ascendido a cabo. Un año después, obtuvo el ascenso de sargento segundo.

La carrera para oficiales técnicos de la Plana Mayor Facultativa de Artillería con materias ardua, como la Balística interior y exterior y la construcción del material de guerra, figuraba en un plan de estudios con asignaturas repartidas en siete años. El joven Bernard dobló algunos de ellos y termino la carrera con brillante aprovechamiento, en cinco. Esto le permitió alcanzar la alta distinción, al graduarse como Ingeniero en el grado de Teniente de la Plana Mayor Facultativa de Artillería, de que el C. Presidente de la República, General Porfirio Díaz, el 21 de noviembre de1893, fecha memorable para su vida, le impusiera la espada de honor sólo concedida a los alumnos que hubieran obtenido las más altas notas por su aplicación e intachable conducta, durante el curso de la carrera.

Miguel Bernard, Jefe del Departamento de Enseñanza Técnica de la SEPDesde luego se aprovecharon sus profundos conocimientos en balística y en la construcción de material bélico, comisionándosele a los 22 años para que marchase a Alemania y posteriormente a Francia en 1893 a inspeccionar la construcción de espoletas destinadas al ejército mexicano, permaneciendo en aquel país encargado de la inspección y recepción de material para el propio ejército hasta el mes de diciembre de 1895, en que regresó a la patria, quedando comisionado en la Fundición Nacional de Artillería.

En 1897 se impuso la adopción de un fusil moderno para dotar con él al ejército. Era indispensable sustituir el ya anticuado fusil Remington con el que el cadete Bernard había hecho sus guardias en el Colegio Militar. Se adopto el fusil Mauser y se encargó su construcción a una fábrica alemana. Era necesario que un oficial de grandes conocimientos y honradez vigilara el cumplimiento de un contratote gran cuantía, revisando la calidad de los aceros empleados y las condiciones balísticas de las armas fabricadas para México. Para puesto de tan gran responsabilidad fue escogido Miguel Bernard, recién ascendido a capitán segundo. En Alemania atesoró conocimientos de orden teórico y practico sobre la organización y marcha de las grandes industrias, soñando que estas, en un porvenir no lejano, llegaran a implantarse en su patria. Fue en Francia donde conoció y visitó la Escuela Politécnica y si duda pensó también que no sólo requeríase maquinaria moderna, sino también una legión de técnicos bien preparada, para la cual era indispensable la creación de una escuela semejante. Esa comisión duró dos años, que constituyeron experiencias muy provechosas para el joven capitán Bernard, regresando a México en junio de 1899, para continuar en la misma fundición de Artillería.

No abandonaba su antiguo nido de Chapultepec y el bosque secular. Como a todos los cadetes, lo atraía la simpatía Tacubaya cercana, con sus calles torcidas y empinadas y sus bellas muchachas. Allí habíase desarrollando el idilio de su juventud, el grande y único amor de su vida, personificando en la señorita Soledad Ramírez, que con su rebozo terciado sobre el busto, lo visitaba los jueves en el Colegio Militar, y lo acompañaba las mañanas domingueras en la alameda de Tacubaya y en las noches, en las serenatas dadas por la excelente banda de música de artillería, en el jardín de Cartagena.

Las frecuentes y largas comisiones en Europa habían retardado el ansiado matrimonio. Al fin, el 10 de febrero de 1900, el capitán Bernard unió sus destinos a los de la señorita Soledad Ramírez, muchacha de gran cultura y talento, nieta del insigne poeta, político y magistrado don Ignacio Ramírez, conocido con su nombre de pluma: “El Nigromante”.

En aquella época los oficiales comisionados en el Colegio Militar eran los más distinguidos del ejército, por su conducta, por su talento y por su sabiduría. Mandaba la primera compañía el capitán Rafael Eguía Liz. Al frente de la segunda se encontraba el capitán primero Felipe Ángeles, sin duda, el oficial más brillante del ejército. El 18 de noviembre de 1900 se previno que esta compañía del Colegio Militar, a la cual pertenecía el que esto escribe y de la que fue alumno Miguel Bernard, formara con armas. Ese día lo conoció personalmente. El capitán Ángeles, acompañado por un joven oficial alto y esbelto, que vestía uniforme de dormán, los dos con las espadas al hombro, el primero con voz enérgica, mando terciar las ramas, y con entonación robusta, hizo saber que por disposición superior debería reconocerse como segundo comandante de la compañía al capitán segundo de la Plana Mayor Facultativa de Artillería Miguel Bernard.

Nos causo buena impresión el nuevo capitán de nuestra compañía, que estaba orgullosa de su comandante, el capitán Ángeles. El segundo comandante, con su gran prestancia varonil, con su corrección, desde luego se capto las simpatías de todos los alumnos. Pero pronto nos lo quitaron y lo sentimos de veras. Las comisiones de carácter técnico le hacían imprescindible en otras partes. El 1º. De julio de 1901 pasó comisionado a los Almacenes Generales de Artillería, marchando a los Estados Unidos de Norteamérica a efectuar el estudio teórico-practico de la fabricación de explosivos, ascendiendo, con la fecha acabada de citar, a capitán primero.

En 1904 ascendió a mayor de Artillería, y dos años después, en 1906, solicitó y obtuvo una licencia ilimitada, con la cual quedó separado del ejercito por cerca de tres años. Durante ese lapso instaló un gran taller mecánico en la ciudad de México. En 1909 volvió al servicio con beneplácito de todos, por la estimación de sus grandes conocimientos técnicos. En riguroso orden de merecimientos, alcanzó los siguientes ascensos en la Plana mayor Facultativa de Artillería:

Capitán Segunda, el 10 de diciembre de 1987.
Capitán Primero, el 1º. De julio de 1901.
Mayor, el 15 de septiembre de 1904.
Teniente Coronel, Técnico de Artillería Permanente, el 5 de diciembre de 1909.
Coronel, de la misma arma, el 27 de julio de 1914.
Y hubiera llegado al grado de divisionario al no disolverse el ejército federal.

Durante ese tiempo sus actividades fueron variadas, aunque la mayor parte de ellas en el Seno de las Camisones Técnicas para el extranjero. Una de éstas fue en la Bethlenhem Steel Company, de South Bethelenhem Pa., en los Estados Unidos, donde inspeccionó y recibió, más tarde, el armamento de nuestros barcos de guerra, cañoneros “Tampico”, “Veracruz”, “Bravo” y “Morelos”, que comprendía cañones de 101 milímetros y cañones de 57 milímetros. Puede también señalarse las que siguen: En la Escuela de Tiro, y como teniente coronel jefe de instrucción, sucesivamente, en el Regimiento de Artillería de Montaña y en el Segundo Regimiento de Artillería de Campaña. Alternó esas comisiones con otras muy honrosas, la de profesor de Física y de Mecánica Aplicada en el Colegio Militar (1899), y la de Conocimiento de Armas Portátiles en la Escuela Militar de Aspirantes (1905).

En septiembre de 1912 quedó incorporado, a petición del general Felipe Angeles, a las fuerzas que mandaba éste en el estado de Morelos. Secundó admirablemente a su jefe en la campaña que emprendió con un mínimo de rigor y un máximo de atracción contra los zapatitas, en contraste con la inhumana y bárbara que siguieron sus antecesores.

Hijos del Ing. Bernard y doña Soledad Ramírez de Bernard: Soledad, Amelia, Raquel, María de los Ángeles y Miguel (1920)El general Angeles admirablemente secundado por el teniente coronel Bernard, destacaba columnas volantes de cortos y efectivos y de gran movilidad para batir a las partidas armadas. En forma terminante y bajo severas penas, fueron prohibidas las ejecuciones de los prisioneros zapatistas Cesó el pillaje en los poblados y quedaron suspendidas, en lo absoluto, las reconcentraciones de indígenas.

El 8 de febrero de 1913 tanto el general Angeles como el teniente coronel Bernard se encontraban en la ciudad de Cuernavaca. En las mañana se recibió la noticia de que las comunicaciones entre la capital del estado de Morelos y la ciudad de México habían sido interrumpidas, cosa que acaecía con frecuencia. Ordenóse la reparación de la línea telegráfica.

A las cinco de la tarde el teniente coronel Bernard recibió aviso telegráfico procedente de La Cima, que el presidente madero había pasado por allí rumbo a Cuernavaca y que se había registrado ese mismo día, en la madrugada, un levantamiento en la ciudad de México.

Angeles y todos los oficiales a sus órdenes se dirigieron a la estación ferroviaria. A las seis de la tarde llegó el presidente Madero. Saludó efusivamente a todos los oficiales y acompañado por Angeles se dirigió al Hotel Bella vista, ocupando el cuarto en que vivía el segundo. Angeles ordenó una rápida concentración de sus fuerzas en Cuernavaca, dejando sólo pequeñas guarniciones en los poblados de importancia, Bernard lo secundó con admirable actividad en esa concentración.

Para las tres de la mañana de 9 de febrero ya estaba embarcado, en un convoy ferroviario, el séptimo batallón de infantería con una batería de cañones Schneider. A media noche salió de Cuernavaca una columna integrada por tropas de infantería y caballería a las ordenes del teniente coronel Bernard. Al amanecer esta fuerza se encontraba en Huipulco, adonde llegó también el señor Madero en automóvil, acompañado por el general Angeles. Este y el presidente de la República siguieron su marcha hacia la capital. A las ocho de la mañana Bernard recibió órdenes de trasladarse con su fuerza a tomar posición en el Salto del Agua, en donde se cambiaron los primeros disparos con los levantados en armas que ocupaban la Ciudadela y la cárcel de Belem. Allí recibió orden de trasladarse a los llanos inmediatos a la estación de Colonia. El general Angeles acababa de desalojar del Café Colon y del Hotel Imperial a los pronunciados. El cuartel general se estableció en la esquina de las calles de Lerma y Amazona. Este sector contaba con una fuerza de aproximadamente 1,300 hombres.

La artillería sólo estaba dotada de granadas Schrapnell, con las cuales únicamente era posible averiar techos y dañar al personal descubierto y proteger el avance de las tropas adictas al gobierno. El general Huerta prohibió en lo absoluto que se practicaran horadaciones en los muros de las casas. En esa forma era imposible tomar por asalto la Ciudadela. No obstante eso, las fuerzas del general Angeles llegaron a ocupar las calles que hoy se llaman Abraham González, extendiéndose en ellas desde las calles de Lucerna hasta las de General Prim.

Señora Soledad Ramírez de BernardLlegó el fatídico 18 de febrero, día de la traición del general Victoriano Huerta. Al general Angeles se le mandó por vía telefónica se presentase inmediatamente en el Palacio Nacional a recibir ordenes urgentes. Encargó a Bernard el mando del sector que estaba a su cargo. Al llegar en automóvil a la puerta principal del Palacio fue rodeado por oficiales y soldados que le intimidaron rendición y lo desarmaron, internándolo en un salón de la planta baja del patio de honor, en donde se encontraban presos el presidente y el vicepresidente de la República.

Como una hora después de la llama telefónica del general Angeles, llegó a la esquina de las calles de Lerma y Amazonas, en un automóvil, el capitán Gustavo Garmendia, ayudante del presidente de la República. Conferenció rápidamente con Bernard informándole que habían sido aprehendidos el mismo presidente y el vicepresidente Pino Suárez. Como advirtiera que fuerzas del primer regimiento de caballería, a las órdenes del general Eduardo Cauz, se estacionaban en la calzada de la Verónica, hoy Melchor O Campo, y en la Tacubaya, y que fuerzas del 29 batallón se dirigían a la columna de la Independencia Garmendia se retiró apresuradamente.

Una hora después se presento el coronel Guillermo Rubio Navarrete, quien le informo al teniente coronel Bernard todos los informes de Garmendia. Entonces Bernard se dirigió rápidamente al Palacio Nacional. Pudo llegar, sin obstáculo alguno, hasta la pieza en que estaban presos el presidente y el vicepresidente de la República y el general Angeles. Los centinelas de la puerta no le impidieron el paso.

De una versión escrita de puño y letra por Bernard, extracto lo que sigue:

No sé que pensaría el señor Madero al verme entrar, pero inmediatamente se puso en pie y antes que nada, me lanzó esta pregunta:

- ¿Qué dice el pueblo?

Tenia mucha más fe de la que merecía el pueblo. Nadie decía nada. La sorpresa y el miedo en unos y la satisfacción de otros, eso era todo lo que había en el pueblo.

Al general Ángeles, que también se había levantado, le pregunte:

- ¿Qué ordena usted, mi general?

Recuerdo que el señor Madero no dejó contestar al general Ángeles, sino que valiéndose indistintamente el uno al otro, dijo:

- Nada. Nada conviene hacer. Nos han ofrecido que mañana nos embarcaremos y si algo hacen corremos peligro de que nos maten….

El desenlace de los acontecimientos de la llamada Decena Trágica es de sobra conocido. El general huerta, inmediatamente después de haberse consumado la aprehensión del presidente legitimo que había depositado en él toda su confianza, comunicó por la vía telegráfica a las autoridades del país que, encontrándose preso el mencionado presidente, él, autorizado por el senado había asumido la presidencia de la República.

Después la renuncia del presidente Madero y del vicepresidente Pino Suárez, que continuaban presos y a quienes se les había prometido por Huerta que se les permitiría trasladarse a Veracruz para que allí se embarcaran rumbo al extranjero. La renuncia aceptada por una atemorizada Cámara de Diputados. La protesta ante la misma del Licenciado Lascurain, secretario de Relaciones Exteriores del gabinete del presidente Madero, a quien por ley correspondía asumir la presidencia. El nombramiento que el propio Lascuráin hizo a favor del general Huerta como secretario de Gobernación. La renuncia de Lascuráin aceptada desde luego por la obsecuente Cámara de Diputados…… Y……. la protesta que recibió como presidente, al general Huerta. Toda la farsa efectuada en el breve lapso de cuarenta y cinco minutos.

Luego el incumplimiento de las promesas del general Huerta con el asesinato de los señores Madero y Pino Suárez, bajo la ficción de la ley fuga. El cese del general Ángeles como director del Colegio Militar y la iniciación de un proceso en su contra. El traidor, sin embargo, tenía todos los títulos de legitimidad, al haber sido llamado a ocupar la presidencia de la Republica por la Cámara de Diputados y al tomársele, por la misma, la protesta de ley.

¿Cuál era la actitud que debería asumir los generales, jefes y oficiales del ejército? ¿Elevar una protesta armada contra el poder legislativo y contra el recién designado presidente de la Republica? Ciertamente, no era ese su papel, pues de haberlo hecho habrían imitado a los ejércitos pretorianos de la Roma de la decadencia.

Al teniente coronel Bernard, ascendido a coronel el mismo 22 de febrero de 1913, se le designo director del Colegio Militar, cargo que desempeño hasta el mes de junio. Luego, ascendido a brigadier, se le comisiono para que marchara al Japón, a recibir armamentos. A su regreso, se le puso a las ordenes, ya ascendido a general de brigada, del general del ejercito José Maria Mier, hombre honorable, bondadoso, excelente oficinista, abogado de profesión, que nunca había estado en contacto con la tropa. Bernard marcho a Guadalajara y asumió el mando de una brigada en la división de Occidente, mandaba por Mier.

En los días 6 y 7 de julio de 1914 el general Bernard, destacado de la plaza de Guadalajara por el general Mier, fue batido en Orendáin, por las fuerzas constitucionalistas a las órdenes del general Álvaro Obregón. En aquellos días la moral de las fuerzas federales había declinado en grado alarmante. Ya el general Francisco Villa Había despedazado a los principales contingentes adversarios en las batallas de Torreón, San Pedro de las Colonias y Paredón. Días antes, el 24 de julio, el mismo general Villa había ganado la decisiva batalla de Zacatecas. Además, la ocupación de Veracruz por fuerzas norteamericanas abatió en lo absoluto la moral de los defensores de Victoriano Huerta. Los soldados tomados de leva forzosa, se negaban a combatir y desertaban en la primera oportunidad.

Escultor Leonardo Cordero y familia Bernard con el busto que realizó del Ing. Bernard para ser colocado en el IPN, con el lema: "Seguid su ejemplo"Mier, el día 7, en vez de acudir en auxilio de Bernard, evacuó la plaza de Guadalajara iniciando su retirada rumbo a la ciudad de México. Pero ya la ruta que intentaba seguir estaba copada por las caballerías del general Obregón, a las órdenes del general Lucio Blanco. Mier encontró la muerte a manos de sus mismos subalternos.

El desastre habíase consumado. Bernard, con una pequeña fuerza, logró abrirse paso y escapo milagrosamente. El 14 de agosto de 1914 se afirmaron los tratados de Teoloyucan, en los que se pactó la disolución y el desarme del ejercito federal

Después del licenciamiento del ejército en 1914, el ingeniero Miguel Bernard, en condiciones difíciles, hubo de rehacer su vida. Llegó a ocupar los más altos grados del escalafón e intervino en la recepción de material de guerra con costo de muchos millones de pesos, pero fue siempre un paradigma de honradez y no contaba ni siquiera con un modesto capital. Los revolucionarios vencedores, durante algún tiempo, concedieron pagas a los oficiales del antiguo ejército. Bastaba presentarse con exhibición del grado militar que tenían, para obtenerlas. Bernard no lo hizo nunca, por exceso de delicadeza.

Rodeado de su buena esposa, la excelente compañera en los tiempos de buena y de mala fortuna, así como de sus cinco hijos –Miguel, Amelia, Soledad, Raquel y María de los Ángeles-, educados en el sentimiento de cumplir siempre con su deber y con los ejemplos de moralidad impartidos por sus progenitores, comenzó una dura lucha, multiplicándose en las actividades más diversas: obras de ingeniería, compra y venta de casas, importación de maquinaria y, además, el establecimiento de un taller mecánico de herrería y carpintería. La lucha se prolongó por tres años.

Pronto habría de reanudar sus tareas como docto y apto maestro . Ya en el Colegio Militar había tenido el altísimo honor de sustituir en la cátedra de Física al matemático más eminente y más sabio que ha tenido México, el licenciado don Eduardo Prado. El 17 de febrero de 1917 fue designado profesor de Ejercicios de Mecánica aplicada y de conocimientos de Manejo de Máquinas en la Escuela Práctica de Ingenieros Mecánicos y Electricistas, un rutinario establecimiento de enseñanza de artes y oficios, cuya indispensable reorganización señaló desde luego. Quince días después fue nombrado director del mismo, el que reformó en lo absoluto elevando su finalidad. Le cambió el nombre por el de Escuela Superior de Ingenieros Mecánicos y Electricistas. Con esta mutación, se propuso realizar, y lo consiguió, uno de sus más caros ensueños: la creación de técnicos que dirigieran las industrias del país. Permaneció en la dirección de esta escuela completamente transformada por él hasta el año de 1924. Desempeñó varias cátedras que continuó impartiendo hasta el año de 1935.

Al mismo tiempo formó una legión de maestros y obreros calificados en las artes industriales, fundándose o reformándose, de acuerdo con sus sabias indicaciones, la Escuela “Cruz Gálvez”, de Hermosillo, Son., la Escuela Industrial de Tamaulipas, en Ciudad Victoria, Tamps., la Escuela de Artes y Oficios, de Guadalajara, Jal., y la Escuela Industrial de San Luis Potosí. Con esta provechosa labor obtuvo grandes beneficios al proletariado de la República.

En 1926 el secretario de Educación Pública, doctor José Manuel Puig Casauranc lo designó como jefe del Departamento Técnico de Enseñanza Técnica y el 5 de diciembre de 1928 recibió el nombramiento de oficial mayor de la Secretaría de Industria, Comercio y Trabajo. Fue el fundador de otra gran establecimiento educativo: la Escuela Técnica, Industrial y Comercial de Tacubaya y de otros del mismo carácter.

Miguel Bernard PeralesFue miembro activo de la asociación del Colegio Militar desde 1908, así como de otras muchas sociedades científicas.

Tiene varias medallas que le han sido concedidas por diferentes méritos, entre ellas, una de oro del emperador del Japón, que le fue otorgado el 2 de febrero de 1914, y otra más, también de oro, que en 1926 le impusieron todos los maestros de las escuelas dependientes del Departamento de Enseñanza Técnica de la S.E.P.

En los cargos que requerían gran competencia y honradez era indispensable la presencia del ingeniero Bernard, quizá el mejor técnico que ha tenido nuestro país con grandes aptitudes de organizador. En la Oficina Impresora de Estampillas imperaba, en 1931, el más grande de los desbarajustes. A ella fue como director, y en breve tiempo estableció allí el orden y la división apropiada del trabajo e hizo que las complicadas máquinas funcionaran con toda precisión. En 1932 fue nombrado jefe del Departamento de Impuestos sobre Bebidas alcohólicas y poco después se le ascendió a presidente de la Junta sobre Impuestos.

Altamente meritoria había sido la labor educativa del ingeniero Bernard, verdadero maestro en la más pura acepción de la palabra, pero donde se destacaron sus cualidades de filántropo fue en la dirección del Centro Industrial “Rafael Dondé”. Hagamos una breve historia de ese benéfico establecimiento, generoso almácigo de maestros y obreros calificados.

En 1931 se presentó un grave problema a la entonces llamada Beneficencia Pública. En esa época existía una superabundancia de población escolar en la Escuela Industrial Vocacional de Santiago Tlatelolco, por hacerse allí a la vez, los estudios de educación primaria y secundaria. Decidióse dividir el personal de alumnos de acuerdo con el grado de instrucción, quedando en la Escuela de Santiago todos los que seguían los cursos de primaria y pasando a otro edificio los alumnos que estudiaban las materias de educación secundaria. Para ello se aprovechó el recién construido edificio que se había erigido para cumplir con la voluntad del desaparecido filántropo licenciado Rafael Dondé.

Pasaron al nuevo edificio, el 31 de agosto, 420 alumnos de la Escuela de Santiago Tlatelolco, número superior al de la capacidad de los dormitorios. Además se cometió el error de poner al frente del establecimiento a un antiguo diplomático extranjero, idóneo para materias de ceremonial, pero enteramente inepto para las funciones educativas y para la organización de los talleres. Estos, deficientes y mal dirigidos, funcionaban mal y ni siquiera se establecieron las más indispensables cátedras académicas. El director era nulo. Carecía de energía y tenía al establecimiento en el más completo abandono.

La indisciplina era tan grande que se consideró necesario enviar a esa escuela varios oficiales del ejército, entre ellos al teniente Ramón Palmerín Mejía, para que desempeñaran los cargos de prefectos e instructores militares, pero su influencia no fue grande por carecer del apoyo del director, que era completamente nulo y ni siquiera había allí maestros de aula y de taller. A pesar de tantos obstáculos, gracias a los esfuerzos de estos oficiales, pudo implantarse la disciplina.

Fue necesario relevar a ese diplomático sin energía; pero se envió en su lugar un demagogo que simulaba el apostolado de ideas exóticas. Desde luego se declaró enemigo de la educación militar, la que proscribió en lo absoluto. La indisciplina y el desorden se enseñorearon en aquella escuela. Para remediar el mal causado por el simulador, fue designado director el ingeniero Bernard, quien se hizo cargo de esta delicada misión el 16 de septiembre de 1932.

Bernard hizo sentir desde luego su autoridad en aquella escuela integrada por alumnos huérfanos o sin aparo alguno, demostrando sus cualidades filantrópicas. Restableció en pocos días el orden y la disciplina, estableció talleres industriales perfectamente bien montados y atendidos por maestros competentes, en donde se impartían enseñanzas de carpintería, mecánica, imprenta, reparación de automóviles, fundición y otras. Se implantaron cátedras de materias académicas. Bernard, incasable y paternal con los alumnos, parecía evocar en sus múltiples actividades la noble figura de Fray Vasco de Quiroga.

Transformó aquella desordenada escuela en un internado modelo, en que imperaban el orden, la limpieza, el sentido de responsabilidad y la división del trabajo. Todos y cada uno de los maestros y alumnos tenían designada una misión y la cumplían a maravilla. El que esto escribe tuvo el alto honor de desempeñar una cátedra en esa escuela y pudo percatarse de que al Centro Industrial “Rafael Dondé” se había trasplantado el espíritu, el orden y la disciplina del Colegio militar de Chapultepec.

Si hubiera conocido el eminente educador don Justo Sierra, el verdadero maestro de América, esta admirable escuela dirigida por el ingeniero Bernard, habría repetido con entusiasmo las bellas palabras que en una distribución de premiso a los alumnos del Colegio Militar de Chapultepec, le dirigió en enero de 1897.

En la calle de Argentina 38. Coordinando los planes de estudio del futuro Politécnico“El nombre de ese otro mundo escolar que fermenta entre la atmósfera intoxicada de los lagos muertos: os admiramos, os envidiamos. Porque lo que aquí está casi resuelto, allá no lo hemos podido resolver, porque aquí vivís en una casa de educación y allá no hemos podido fundar más que imperfectos planteles de instrucción, porque, procediendo com. hemos procedido siempre los abogados, que no sabemos reformar mejorando sino destruyendo, que informamos nuestras innovaciones, no en la observación, sino en los libros, que edificamos toda nuestra obra en dogmas y no en experiencias, cometimos el lamentable error de suprimir el internado en vez de reformarlo, y desde entonces toda la parte moral y psicológica de la formación del hombre en el estudiante, ha escapado de nuestras manos, acaso para siempre.”

Allí en ese internado modelo, mostró el ingeniero Bernard en toda su plenitud sus maravillosas dotes de educador, formando una legión de hombres capacitados y conscientes de sus responsabilidades para la gran brega por el progreso industrial de México. Allí moldeó a su entera satisfacción, la parte moral y psicológica de grandes maestros de taller. Los he encontrado en todas partes y todos ellos veneran la memoria del maestro Bernard. Por mal entendidos celos de carácter político que interpretaron en forma errada un acto laudable de lealtad y gratitud, este gran director dejó la escuela en diciembre de 1935. Mucho le costó poner en práctica en varias ocasiones, lo que él pensaba y sentía, “El único exceso perdonable en la vida, es el de ser agradecido.” Por su fidelidad y agradecimiento, perdió puestos, posiciones y dinero.

Siguió impartiendo sus cátedras en diversas escuelas y dedicado al ejercicio de su profesión. El mes de enero de 1937 fueron requeridos nuevamente sus servicios, que eran insustituibles para que se hiciera cargo de la Dirección Técnica de la Secretaría de Educación Pública, encomendándole las autoridades de dicha Secretaría la confección de los programas de estudios y un reglamento para las escuelas técnicas de esta dependencia. Terminada esta labor lo nombraron director del Instituto Técnico Industrial, en donde desde luego procedió a su completa reorganización, transformándolo en lo que hoy es el flamante Instituto Politécnico Nacional; institución que por los programas de estudio y diversas carreras que estableció tiene el aspecto propiamente de una Universidad, siendo ésta, otra de las magnas obras que el ingeniero Miguel Bernard dejó a la posteridad para el progreso y mejoramiento de la cultura industrial en México, el cual se ha convertido, en el primer Centro de Enseñanza técnica en la América Latina. Ocupó el cargo de director de dicha institución hasta su muerte, acaecida el 25 de octubre de 1939, a la edad de sesenta y siente años cumplidos.

Escribió varios libros: Calderas de vapor y Cómo se construye un cañón, además de interesantes informes sobre asuntos técnicos industriales y conferencias de índole científico, y una obra inédita de gran importancia sobre la materia de resistencia de materiales, que se pretende editar en fecha próxima.

El Ing. Bernard con el Lic. Aarón Sáenz, Prof. Kandel, Dr. Jose Manuel Puig Casuranc, Dr. Alfonso Pruneda y otras connotadas personalidades (1927)Su vida como estudiante fue notable por su dedicación al estudio y por su inteligencia privilegiada. Como militar, siempre cumplió con su deber, desempeñando comisiones técnicas de gran importancia. Su labor educativa fue grandiosa. Era un verdadero director de hombres. A él débele mucho el progreso industrial de México.

Gratitud, reconocimiento y recordación permanente del Instituto Politécnico Nacional al general e ingeniero Miguel Bernard, quien fue uno de los primeros mexicanos que lucharon por la implantación de las escuelas técnicas en México, los que con el tiempo se convirtieron en lo que es hoy el Instituto Politécnico Nacional.

Nuestro agradecimiento a la familia Bernard por su colaboración, así como a los maestros Vito Alessio Robles y Miguel Saavedra Guzmán.

SU PENSAMIENTO:

“Mientras en la juventud haya anhelos nobles, hay esperanza”.

“El único exceso perdonable en la vida, es el de ser agradecido”.

“El estancamiento es signo revelador de inferioridad”.

“Zapadores del porvenir son los, maestros, y, no es derrochar la vida, es emplearla en tenaz lucha para dejar en sus surcos algo fecundo.”

“La escuela ideal sería aquella que a través de sus diarias y múltiples actividades, lograra esculpir en cada alumno la verdad de lo que es realmente y de lo que puede ser capaz de llegar a ser, y que en cada cerebro juvenil hiciera florecer un ideal.”

Familia del Ingeniero Miguel Bernard“Todos podemos hacer algo, no importa el sitio que en la escala social estemos ocupando; siempre comprendamos que la obra que emprendemos es fecunda y realmente necesaria.”

“Cuando no se dominan los instintos, se procura enaltecerlos a fin de poder acatarlos sin avergonzarse.”

“Nada más digno que lo que se obtiene por el mérito propio.” (Palabras puestas en el Primer Cuadro de Honor de la ESIME).

“Cuando se exagera un sentimiento, desaparece la facultad de razonar.”

“El fin primordial de la educación, es formar hombres que obren bien, y cuyos actos tengan como finalidad la máxima felicidad asequible en caso para sí mismo y para los demás”

“Debemos comprender que el goce de la libertad se merece, y no es el resultado de una dádiva”

“No hay veneno más sutil que matar un alma, que el de la lectura de un mal libro o de una mala compañía”

“La mayoría de las penas o las alegrías que tenemos en nuestra existencia, son debidas a la desproporcionada importancia que damos a los hechos o cosas que nos rodean”

 

Fuente:  Miguel Bernard (1872-1939): Vigoroso Impulsor
de la Educación Técnica en México (Semblanza Biográfica).
Colección: Forjadores de la Enseñanza Técnica en México.
Presidencia del Decanato, IPN, México, 1989.

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